De hecho, no es la comida lo que ha de hacernos gratos a los ojos de Dios; pues ni seremos mejores porque comamos, ni seremos peores porque dejemos de comer. Pero, eso sí, cuidad de no herir la conciencia más débil de otro hermano al hacer vosotros uso de la libertad que tenéis para comer lo que os plazca. Porque puede suceder que alguno de vosotros, sabiendo que no hace nada malo, entre a comer en un templo donde hay ídolos, y que después llegue un hermano débil de conciencia, que, al verle comiendo, decida (aun pensando que va a hacer algo malo) comer él también de lo sacrificado a los ídolos. En tal caso, aquel que en su libertad hizo uso del conocimiento que posee, será responsable del daño espiritual que pueda causar en su hermano, por quien también Cristo murió. Pecar contra la conciencia débil de un hermano, alentándolo a hacer algo que él tiene por malo, es pecar contra Cristo mismo. Por lo tanto, si por comer carne ofrecida a los ídolos voy a ser motivo de que mi hermano peque, más me valdrá no comerla nunca, evitando así que él tropiece y caiga.
1 Cor 8, 8-13
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