lunes 7 de septiembre de 2009

Vindicación de la religión natural

Como es fácil hacer juicio de intenciones, lo aclararé de nuevo: no creo en Dios, no tengo datos que me animen siquiera a intuir que exista una inteligencia superior, ni omnisciente ni parcial, ni personal ni panpsiquista, por encima del Universo o en cada uno de los huecos que puedan dejar los electrones entre sí. Pero esto no implica que crea en la increencia como actividad sensata o útil. Es más comprensible Yahveh que la tetera de Russell.

Doy mi propio paso en la oscuridad: intuyo que no hay Dios, pero sé que esta creencia se debe a un cableado neural con causas psicológicas y fisiológicas. Además, intuyo, siempre lo he intuido, que en nosotros los ateos habita algo desviado, impropio, desfasado respecto del resto de la naturaleza culturizada que invade nuestro ser. Tenemos prejuicios éticos y cosmológicos al igual que el musulmán, sólo que son otros. Y quien no los tenga es porque ni siquiera piensa en asuntos de ese calibre; en ese sentido el mármol es el ateo perfecto.

En la medida en que pensamos, parcheamos incógnitas con nuestras propias constantes, las reconozcamos conscientemente o no. No hay otra forma de poner rostro al cosmos. Se puede ser más ideológico y sistemático, o, por el contrario, más improvisado. Hay ejemplos de ambas tendencias en la fe y en el descreimiento. Por eso me fastidia la habitual ecuación que con visos de necesidad se establece entre espiritualidad e ignorancia. La fe es ignorancia del mundo (ella misma reconoce el Misterio que hay detrás de cada cosa), pero es sabiduría inconsciente en torno a las necesidades psíquicas de la propia mente, lo cual es mucho más útil que el conocimiento de mundo. Pascal lo expresó de modo parecido: "La ciencia de las cosas exteriores no me consolará de la ignorancia de la moral en tiempos de aflicción, mas la ciencia de las costumbres me consolará siempre de las ciencias exteriores". La ciencia es conocimiento parcial del mundo y nada dice sobre equilibrar la intrincada sinergia entre razón y emotividad dentro del propio sujeto; nada tiene de raro dado que la ciencia no habla jamás del sujeto, por lo que con toda humildad reconoce su incompletud antes de empezar.

Lo peor de todo, obviamente, es el negacionismo que no se apoya en la búsqueda parcial y rigurosa de verdad (mejor diríamos la prevención de la falsedad) sino en la aversión instintiva de ciertas manifestaciones psicológicas vinculadas a lo indemostrable. Me estoy refiriendo al que ni tiene fe ni tiene rigor, al que se envanece de ser libre de un yugo pero es apresado por uno mucho mayor, puesto que ni siquiera deja abierta la puerta a la serenidad del pensamiento que labraron y pulieron cientos de generaciones humanas. El marxismo que triunfó en el siglo XX me parece el ejemplo perfecto: credo sin eficacia, ritual sin belleza, simplificación más problemática que niveladora, disfraz de cientifismo sobre un prurito irracional, etcétera.

Creo que las dimensiones espirituales que llevaron nombres de dioses, ángeles, edenes o espectros han sido las ideaciones humanas más rentables de cuantas ha habido. Sin ellas, ni el arte habría sido tan esplendoroso, ni los hombres se hubieran sacrificado alegremente cuando fue necesario, ni los tullidos habrían encontrado una celda confortable en los monasterios para dar sentido a su sufrimiento. Fue algo incuestionable durante mucho tiempo. Para muchos de los modernos (ya para algunos contemporáneos de Pericles) se ha evidenciado el armazón poético en cuanto tal y el efecto sugestionador ha perdido todo su fuelle como elemento cohesionador de la ideología. Se necesita una nueva aproximación al Misterio, más acorde a las evidencias actuales pero con la fuerza y la proyección que tenían las religiones reveladas. Algo así como una religión natural, propia de tiempos en los que reconocemos el darvinismo o la física cuántica junto a los mismos problemas existenciales y las mismas dudas afectivas que asolaban a los antiguos.

Acaso la mejor solucion siga siendo la que dieron los orientales antes incluso de que se "revelaran" las grandes religiones. Pienso en el taoísmo y en el budismo primitivo fundamentalmente. De hecho, la obsesión budista por la erradicación del sufrimiento (dukkha) fue una respuesta a una época de crisis espiritual (s. V a. C.) en la que se prodigó multitud de religiones y filosofías que hizo cundir el desconcierto y el fatalismo.

Tengo claro que, en términos generales, la serotonina y la dopamina se distribuyen mejor en cerebros con una determinada configuración espiritualista (no cualquiera, ciertamente) suscitando más cantidad objetiva de felicidad, creatividad y bondad que en cerebros "cósmicamente" desarraigados. "Debido a la naturaleza hedónica del sistema de expectativa de recompensa, regulada por la vía mesocortical del sistema dopaminérgico y las áreas prefrontales que inerva, tenemos una fuerte susceptibilidad emocional de recompensa ante la incertidumbre y así una automática propensión a las inferencias predictivas/explicativas. En otras palabras, es satisfactorio ‘ver’ patrones en el mundo que nos rodea, es placentero generar inferencias sobre él". Nada que no imagináramos ya con palabras más prosaicas. El reverso de esto es la elección por parte de Adán y Eva del Árbol del Conocimiento como causa de la caída del Paraíso, alegoría cuya moraleja es: más nos valdría una creencia coherente que una pulgada bien discernida pero desligada de todo lo que importa.

No creo en Dios, pero creo, sin dudar, en diversas formas de religión. Necesitamos reequilibrarnos individual y colectivamente: si el mundo se dirige hacia una saturación ecológico-malthusiano-depresiva (ésa es mi visión) es en buena parte debido a la falta de una figuración amable del equilibrio vital que como mamíferos inteligentes necesitamos. Nuestra ansiedad, ya casi congénita, probablemente se atenuaría con la ayuda de la introspección comunitaria y de los motetes de Palestrina, si creyéramos en ellos.

9 comentarios:

  1. En suma: Crees en la creencia.

    El problema es cómo creer en algo que no se cree, para muchos (no es mi caso) la ciencia ha roto el misterio del mago, ahora sólo es un mero ilusionista y es imposible extraer de él una emoción como de antaño. Tiene un post más que una aire revindicativo como de nostalgia y es que esto me recuerda a que se dice que los países ricos son más creyentes pero también tiene menos individuos felices

    ResponderSuprimir
  2. Sí, creo en la creencia porque creo que en algunos puntos esenciales está en lo cierto, aunque no por lo motivos que ella se piensa. Conductualmente la creencia es adecuada, no lo es argumentativamente, lo cual viene dado por la impotencia de la argumentación racional en lo que a necesidades emocionales se refiere.

    Es exactamente como el arte: las formas que nos impone la pintura figurativa o las sensaciones de tensión y distensión de la música son pura ficción, y sin embargo su estimulación en nuestra mente es totalmente real.

    Por supuesto hablamos de un determinado tipo de creencia, pues abunda la que genera miedo, angustia y frustración más que otra cosa.

    ResponderSuprimir
  3. Vamos, que eres un instrumentalista radical, no revindicas la teoría religiosa porque realista sino porque útil, ¿correcto? pero dado que es imposible hacer una teorización fidedignamente representativa de la realidad último entonces la diferencia entre un creyente y tu posición me parece que no es sustancial sino que se cifra en nomás la afuncional decoración metafísica que algunos además añaden a sus posiciones vitales.

    Ahora bien, hay que admitir que lo difícil de cualquier religiosidad a mi no me parece que sea el sostenerla sino el averigüar qué se sostiene, qué es lo que implica una creencia religiosa y si esto no choca con la realidad o si el choque, por qué no, es transitorio (pensemos para esto último, a modo de ejemplo, que pueden existir animales no adaptados al entorno pero lo que dice el darwinismo es que éstos tenderán a desaperecer, no que jamás existirán)

    ResponderSuprimir
  4. Soy instrumentalista y creo en la verdad.

    Lo expondré de la siguiente manera:

    imaginemos que digo que hay en los cielos un señor con barba o con ocho brazos que es omnisciente, eterno, todopoderoso, etc. Como es justo y bondadoso, recomienda la compasión y la caridad a los seres humanos: si Le hacen caso, irán al Paraíso; si no, al Infierno. De aquí se deduce la idea implícita: bondad = felicidad (colectiva e individualmente), proposición que considero verdadera grosso modo.

    Por lo tanto, la religión mencionada contenía una proposición verdadera que era además la motivación esencial de toda la arquitectura dogmática con que se adornó. Lo mismo sucedería con otras ecuaciones entre sacrificio, humildad, paciencia... y beneficio. Como el ser humano es experto en encontrar excepciones y en cuestionarse la validez de todos sus juicios (además de ser impaciente) necesita una recompensa más contundente a su conducta, con lo que inventa Paraísos y milagros, que no son más que proyecciones amplificadas de beneficios verdaderos.

    En resumidas cuentas: creo que el religioso algo inteligente sabe intuitivamente lo que necesita (la psique conoce sus necesidades psicológicas) y su mente construye el medio idóneo para alcanzarlo. Ahora bien, una vez que se ha desvelado el truco es difícil volver a sorprenderse. Es como leer una novela policíaca por segunda vez; ya no hay esa obsesión por terminarla, ya no se actúa denodadamente. De ahí la necesidad de crear un sistema de expectativas de recompensa no demasiado naif, adaptado a nuestros conocimientos actuales sobre el mundo y a nuestra lógica algo más rigurosa que la de los místicos de antaño.

    Pero vamos, respondiendo, no soy yo el instrumentalista, sino cualquier mente humana. Conocer lo que es beneficioso a uno mismo me parece el conocimiento deseable por excelencia y tal vez en el que más garantía de certeza podemos obtener. Al menos esa es mi idea, que pretendía apuntar con el artículo.

    ResponderSuprimir
  5. Sí, muy de acuerdo en lo que dices, creo que estamos, más o menos en sintonía, pero, claro, acabamos de empezar, obviamente este tema no se finiquita en un par de párrafos mas para el siguiente "round" necesito postear un texto no directamente relacionado. Cuando lo cuelgue en mi blog, de unos días pacá, espero, te comento en qué creo que es relevante para el diálogo que estamos teniendo.

    Hasta luego

    ResponderSuprimir
  6. Deseando ver ese post y muchos más. Un saludo.

    ResponderSuprimir
  7. Sugerente post. No aporto nada porque no creo que tenga nada muy interesante que aportar jeje, pero comparto la esencia: algunos tenemos cerebros "cósmicamente" desarraigados :P

    A la espera yo también del post de Héctor. Me va a hacer falta mucho material para "arraigarme" de nuevo.

    Un saludo.

    ResponderSuprimir
  8. Hola, Hugo. Somos muchos los cósmicamente desarraigados. En cambio somos pocos los que consideramos que en ello está buena parte de nuestros problemas sociales e individuales.

    Un saludo.

    ResponderSuprimir
  9. Lo prometido es deuda.

    El texto: http://hector1564.blogspot.com/2009/09/hagase-tu-voluntad.html.

    Grosso modo porque hablas de que Necesitamos reequilibrarnos individual y colectivamente pero para eso necesitamos un faro inamovible, seguible mediante férrea lógica, sujeción empírica o lo que fuere pero seguible, al fin y al cabo, mientras que, por el contrario, cualquier fenómeno sobre-natural es, por definición, sobre-humano y por tanto díficilmente insertable en y para nuestro mundanal mundo.

    ¿Dónde queda entonces la utilida de una guía si esta no es humanamente alcanzable? Y que conste que hablo de una inalcanzabilidad para todos los ámbitos que se quiera, sea moral (¿qué sabemos Dios no permite?), sicológico, etcétera.

    Es cierto, que existen mitologías que pretenden cognoscibilizar lo divino pero éstas han basculado entre lo humano, demasiado humano o, y es el caso de las religiones que han prevalecido y mi link es elocuente de ello: lo incomprensible.

    ResponderSuprimir