En Irlanda se ha ilegalizado la blasfemia. Me causa sorpresa presenciar ese vaivén cíclico. Parecía que finalmente los derechos individuales ganaban terrenos sobre los de las comunidades, pero ya se sabe que en naciones chovinistas hay un gusto por la autoanulación en favor de esa entidad hosca y pendenciera que es siempre una patria.
Bien, estoy en desacuerdo con la ilegalización por diversos motivos. En primer lugar, insultar a una entidad que no está demostrada no debería interesar más que a esa entidad. Por decirlo de una manera arrogante: que venga Dios y denuncie a los blasfemos por atacar su honor. Por otra parte es bien cierto que no todos los sujetos de derecho tienen capacidad material para presentar denuncias (niños, enfermos mentales, animales…). Tampoco los criterios de demostración de entidades son universalmente consensuados. De hecho parece que es un asunto en el que la Justicia no se mete jamás. A la Justicia le basta una firma y que el presunto agraviado se persone en la vista que dictamine el juez. Sin al menos una firma del injuriado es complicado que, pongamos por caso, un sacerdote pretenda erigirse en representante de la defensa de otro individuo, aun cuando sea el director general de su empresa, a saber, Dios. Sobre todo si es mayor de edad y tiene uso de razón... y Dios cumple ambas condiciones, ¿no?
Si Dios es Todopoderoso, entonces no debe sentirse agraviado. Bastaría con que ejecutara su castigo, que nadie podría impedir. Ahora bien, esto, aunque la humanidad no pudiera impedirlo tampoco tiene por qué reconocerlo como derecho privilegiado en la legislación. Acaso Dios quiera ser cumplidor de las leyes humanas y no quiera hacer uso ilegal de su fuerza. Pero si todo lo que acontece en el mundo es por voluntad Suya, entonces no habría por qué inquietarse por nada (aunque la misma protesta por la legalidad de la blasfemia estaría también contemplada en el plan divino, lo cual conduce al problema teológico del difícil equilibrio entre predestinación y libre albedrío).
Todo esto resulta de contemplar a Dios como a un ente personal, bien definido y omnipotente. Pero en casos de deidades menores, el derecho a no ser blasfemado tiene más sentido: no pueden defenderse con rayos destructores ni poseen la ubicuidad ni la omnisciencia del Dios de Jerusalén. También pasa en el caso del panteísmo: "si insultas a mi dios me insultas a mí, porque mi dios está presente en cada uno de los individuos del Universo, por lo que alego calumnias contra mi propio honor". Castigar la blasfemia contra un Dios panteísta supone castigar todo insulto, porque, por transitividad, si insulto a una morsa insulto a Dios, y si insulto a Dios falto a todos los hombres y a su derecho al honor.
Por último, dictaminar el grado de perjuicio en casos de objetos intangibles como el honor es siempre complicado, por no decir casi absurdo. En el caso del Dios bíblico parece exponencialmente absurdo. ¿Cómo puede ofenderse a quien es perfecto? ¿Cómo menoscabar el honor de quien es tan autosuficiente que Él mismo es la fuente de todo honor? Lo que contaría aquí es la intención del agresor, pero desde luego su meta de agredir no ha sido consumada.
Dicho esto, medio en serio, medio en broma, paso a decir por qué considero la blasfemia un error moral, que no legal:
1) Ofende lo más sagrado para muchos millones de personas. Decir lo más sagrado es decir la esencia del sentido de la vida de alguien. Me parece tan cruel como reírse del cadáver de alguien ante el padre del difunto, e incluso más, pues el padre puede tener otras prioridades morales en su vida, mientras que el creyente afirma que Dios le da sentido, le da fuerzas más que nadie, le ama más que nadie y que Él mismo es la fuente y el fin de todo amor.
2) Atacar algo sagrado para el prójimo revela un odio tal, un rencor, una estupidez en el mejor de los casos, que no puede ser más que el trasunto de una podredumbre interior avanzada, por lo que el blasfemo reincidente, el blasfemo militante, tan abundante en estos tiempos en los que no se requiere valentía ni fortaleza espiritual para despotricar contra lo Alto, ese blasfemo es digno de compasión, la misma compasión de la que él mismo se burla tornándola mezquindad. Cosa distinta es, a mi modo de ver, la blasfemia puntual, fruto de la ira desatada que pronto vuelve a sus aguas; insultar a Dios puede hacerse por convención cultural, curiosamente, y no siempre como muestra de odio real.
3) Incluso la blasfemia puede hacerse con buen gusto, es cierto. Su identificación puede a veces se problemática por lo sutil de su intención, y eso indica al menos cierta deferencia hacia el ofendido o, cuando menos, un menosprecio de la violencia. Lautréamont o Nietzsche son hermosos blasfemos que se salvan por defender otra clase de trascendencia, aun cuando sea negativa y desgarrada. Atacar con virulencia al dios ajeno para defender el propio (aun cuando el dios sea uno mismo o el Arte o Maradona) es miserable, pero no tanto como no ensalzar ningún Sentido que colme a los humanos. Decir “tu dios es ridículo pero con el mío te salvarás” no es tan cruel ni tan estúpido como decir “tu dios es ridículo y nadie podrá darte la ayuda que pides”.
Jajaja (risa saludable), brillante exposición de razones para desnudar las sinrazones de quienes se prestan al delirio de creer en un absoluto o fingir el antiabsoluto. Relatividad de la relatividad, crímenes sin víctima, agraviados por la existencia misma del error en el error de la existencia... en fin, que no puedo añadir nada que tú no hayas desgranado con más pulidos argumentos.
ResponderSuprimirCelebro tu estilo, que luce aséptico y racionalista, pero responde a una visión apasionadamente disidente en el fondo, ¿me equivoco?
Ha sido todo un acierto descubrir tu bitácora.
Gracias, Autógeno. Bienvenido a esta mi otra casa.
ResponderSuprimirEn realidad este es uno de los pocos posts del blog en los que ironizo y uno de los poquísimos en los que me muestro ácido con la religión (en este blog, insisto, pues mi desdoblamiento de la personalidad ya llevaba tiempo haciendo de las suyas en el otro). En general defiendo una espiriualidad compatible con el materialismo y un respeto para con las tradiciones en proporción a su grado de producción de pensamiento, cultura y belleza.
Pero es que lo de los irlandeses clama al Cielo, paradójicamente; aunque creo que se debe más a su nacionalsentimentalismo que a otra cosa.
Yo diría que los que promueven la ilegalización son los religiosos más idiotas, quizá los más conservadores. Sin embargo, he de reconocerlo, esa prohibición, ese deseo de combatir al blasfemo, nacería de la mala actuación de los ateos más idiotas (ej: ridiculizar al creyente). En ese sentido, es un combate entre necios mal dirigido.
ResponderSuprimirPero como siempre hay ateos sabios y creyentes sabios. Es posible que el senador Dan Boyle sea uno de ellos:
"El concepto de blasfemia es algo que tenemos que desterrar lo antes posible".
Un saludo.
Estoy de acuerdo: la mala leche engendra mala leche. Y si un grupo con mala leche es mayoría impondrá su criterio y legislará a su favor. Es de cajón. Conclusión: serenemos los ánimos y legislemos menos.
ResponderSuprimir"De hecho parece que es un asunto en el que la Justicia no se mete jamás. A la Justicia le basta una firma y que el presunto agraviado se persone en la vista que dictamine el juez".
ResponderSuprimirPor decirlo de una manera arrogante: que venga la Justicia y proteste. Y no es que esté a favor de prohibir la blasfemia con carácter general, porque tal es antievangélico (Mt. 12:31) y convierte a Dios en odioso. Pero, así como la Justicia necesita a menudo defensores humanos, también la divinidad en ocasiones los requiere.
Un ataque de mala fe a las creencias ajenas es una actitud incívica equiparable al racismo. No se trata, pues, de un derecho ni se debe reconocer la facultad que se emplea exclusivamente para ofender por capricho. Puede aborrecerse la idolatría o desdeñarse la tradición bíblica, pero se hará con argumentos y contraejemplos, no con consignas precocinadas que alimenten el odio.
Es la libertad de expresión la que exige estas cautelas. Precisamente porque somos libres hemos de imponernos límites.
Saludos.
No me había fijado de que este blog fuera suyo, cuando pasé a leer lo de los memes a propósito de la cita de Héctor. Me parece muy interesante, por la lista de artículos que veo. A ver si encuentro claridad mental para pasar a leerlos —con claridad mental me refiero a vencer la pereza de pensar, claramente.
ResponderSuprimirEn cuanto a este artículo, habría que ver primero lo que entiende la ley por blasfemia, creo. Como ley me parece una estupidez de gran calibre, precisamente porque parece estar planteada de modo que protege un bien (la honra) de uno que no es sujeto jurídico —demostrado o no, Dios no será nunca sujeto jurídico y es absurdo que lo sea por todas las razones enumeradas.
Por otra parte, la blasfemia como error moral. Tengo muy poco respeto por esos ateos anticlericales que, en el fondo, no son más que poseros que se creen muy estupendos por atreverse a insultar a Dios —una arrogancia que podrían perfectamente ahorrarse, visto que llevamos insultando a Dios desde que lo conocemos y de las formas más ingeniosas. Pero dejando aparte a esos viles sujetos, la blasfemia me parece importante, un recurso expresivo importante.
Dice que Nietzsche es un buen blasfemo porque, en alternativa a Dios, propone otro sentido trascendente. Pero se olvida de que incluso para un creyente, descargar la frustación que produce Dios es fundamental. Y con Dios me refiero, como usted, a ese sentido de la vida (me parece que ha sintetizado de modo admirable lo que realmente representa Dios).
Parafraseando a la sublime belga, Amélie Nothomb, las pruebas de la existencia de Dios son febriles, las de su poder, poco convincentes. Las pruebas de la existencia del Enemigo Interior, como lo llama ella, en cambio, son terribles, y las de su poder abrumadoras. Sea cuál sea el enemigo interior, esa es una situación enormemente frustrante, y la mejor forma de canalizar esa frustración es la blasfemia.
Creo que el criterio para separar la blasfemia como error moral de la que no lo es, es una justificación psíquica interior. Uno puede insultar a su esposa si descubre que le ha engañado, ¿por qué no iba a hacer lo mismo cuando el que le ha engañado es el sentido de la vida?
Ah, mejor me suscribo a los comentarios. Disculpe usted.
ResponderSuprimirQué curioso, cómo soy un pánfilo en esto de la informática y su **** madre, ni me había enterado de que tenía más comentarios a este post. De todos modos no tengo mucho que añadir dado que estoy prácticamente de acuerdo con los últimos comentarios.
ResponderSuprimirIrichc:
La comparación de la blasfemia grosera con el racismo me parece acertada, siempre y cuando se vaya a atacar a un dios en tanto que dios de un grupo. Por ejemplo, no creo que execrar a Stalin o reírse de su bigote suponga de suyo humillar a la ruseidad, por muchos rusos que en su día hubiera que lo amaran como a Cristo (cosa de la que no estoy seguro, por cierto). Pero me parece un argumento a tener en cuenta.
Sierra:
Interesante aportación que me muestra todo lo que me dejé en el tintero y aun más. Especialmente interesante se me aparece el último párrafo: yo diferenciaría entre sentirse engañado por un dios y serlo por unos clérigos. Encuentro un problema: si nos reímos de Alá, ¿nos reímos del Padre de la Iglesia sólo que disfrazado con turbante? ¿Tiene sentido insultar a Dios si resulta que Dios tenía otros atributos de los que se le asignaban? ¿O definimos un dios en función de los dogmas que se pongan en su boca? Un asunto ambiguo, pardiez.