El platonismo surgió en la primera época de fascinación por la capacidad lógica del entendimiento humano y la aparente aquiescencia de la realidad a dejarse capturar por aquélla. Su genealogía viene influida por el espíritu del dualismo individualista (esto es, los psiquismos) y estructurada por un contagio de nociones por parte del lenguaje. Así nació la doble temeridad de afirmar una sustancia inextensa y, para más iniri, atemporal y universal, esto es, que inhería en los objetos temporales adquiriendo forma de atributo tal y como los predicados parecen inherir en los nombres. Es la metafísica en todo su atrevimiento.
El refugio del platonismo son las relaciones. ¿Qué es lo que permite que dos cosas interaccionen? ¿Cómo se ejecutan los intercambios de energía en los cuerpos? Pero su flaqueza se puede estudiar nítidamente en la relación más famosa, la función-aplicación de cada ente sobre sí mismo: la relación de identidad. Acaso sólo sea una argumentación contra las relaciones de equivalencia (las que definen clases de equivalencia) o sólo contra la identidad, pero por algo se empieza.
¿En virtud de qué cada cosa se relaciona con ella misma? No existe tal relación, cada cosa simplemente es. Y el verbo ser, en tanto que sinónimo de existir, es perfectamente redundante. Sólo existe como instrumento analítico, para que los seres cognoscentes podamos expresar y separar las ideas que refieren cosas de las que no refieren cosas sino sólo ficciones mentales. El ser es una tautología del nombre propuesto. Mencionar un objeto presupone su existencia salvo para explicitar que su existencia no se da, que no pertenece al conjunto de lo real y por ende sólo se da en conjuntos intramentales. En aras de la economía y claridad del pensamiento, no deberíamos decir que “Existe A” ó “A es A”, ni siquiera que “A es”; simplemente diríamos A ó ¬A (no-A); o bien A º 1 ó A º 0; o bien A Î {A} ó A Î Æ (y esta última enunciación ya resulta problemática a mi criterio).
Según el principio de identidad, si dos entes tienen las mismas propiedades y sólo las mismas propiedades, entonces son el mismo ente. Este axioma –y su gemelo el de no-contradicción– no puede vulnerarse ni desde de la física, puesto que su conformación como ciencia ha sido posible por la asunción de este principio entre otros. Sólo la mística y la poesía pueden hacer afirmaciones contrarias a ese principio sin perder un ápice de su validez como actividades creativas humanas.
Cualquier relación es un instrumento conceptual. Sustantivar lo que sólo se produce entre dos elementos es darle rango de entidad a lo que solamente aparece en la mente como abreviatura mental, como producto de una psiquis que en sus limitaciones ha de optar por la vía de la economización gestáltica, es decir, por la vía de atribuir contornos a aquello cuya sustancialidad excede los ejemplos catalogados en la memoria, en la experiencia y en el instinto del hombre. El animismo, el platonismo y el personalismo intuido tras cada evento son productos de ese impulso simplificador con el que se intenta emular las estructuras del entorno más inmediato en los entornos misteriosos de la naturaleza.
Pero si se ha mantener una remota esperanza para el platonismo, esa esperanza sigue estando en la conjunción de individuos. Para un profano la sinergia es el argumento clave para el hilomorfismo. Ignoro lo que será para un experto, pero un servidor barrunta que 4 es tan sólo un nombre para 2+2, para 3+1 y para 7-3. Por ello decimos que 2+2 = 4, porque son referentes idénticos, esto es, con las mismas propiedades. Cada número no es la suma de sus partes, sino que los números incluidos en su magnitud son, junto al operador adición, una descomposición conjuntista de un solo referente. Contra Kant, no creo que los juicios aritméticos sean sintéticos sino analíticos. Si justamente puede ser objeto de nuestra razón pura, entonces es que la operación estaba inscrita en nuestra mente, estaba implícita en las reglas que nosotros mismos nos dimos. Ahora bien: es cierto que una vaca no es un saco de órganos ni de moléculas. Si juntamos desordenadamente la materia que compone a la vaca no obtenemos una vaca, sino una masa informe y apestosa. ¿Qué si no la forma hace que cada cosa sea lo que es y no un caos de átomos?
En cualquier caso, platonizar supone hilar razonamientos hasta acabar en aporías. Argumentar que si dos cosas se parecen es porque tiene algo en común, y ese algo, por estar en dos sitios a la vez, ha de ser necesariamente extracorpóreo, es uno de los silogismos más perniciosos de la historia, que asigna a una sustancia propiedades negadas por la misma lógica griega. La más señera aberración resultante es el argumento del tercer hombre. La semejanza es una propiedad asignada por el sujeto cognoscente, no intrínseca al objeto. Si veo un parecido entre una rana y una partícula subatómica, la relación está solamente en mi mente, porque nada más tienen en común ambos dos elementos que el ser y el conjunto de los trascendentales tomistas… que son atribuciones tautológicas o falaces de la mente.
Hola, acabo de descubrir este blog a través de hector1564.
ResponderSuprimirInteresante entrada. Sólo dos apuntes: me parece que en el tercer párrafo se confunden dos sentidos de la palabra "ser" que la tradición ha sabido separar. No es lo mismo "ser A" que el hecho de que "A sea", es decir, no es lo mismo ser algo ("ser un árbol") que que algo sea ("tal árbol existe"). "Existe A" y "A es A" no son sinónimos.
Y una segunda apreciación: supongo que Platón respondería que la semejanza no es sólo una asignación subjetiva, puesto que puede ser predicada de dos objetos en la medida en que éstos poseen cualidades que los hacen efectivamente semejantes, y que posibilitan que el mono y el hombre se parezcan más que el mono y la ameba. Supongo que hoy la bioquímica y la genética podrían decir algo al respecto.
Un saludo
Hola, Alejandro, bienvenido y gracias por comentar.
ResponderSuprimirEntiendo las diferencias del verbo "ser" que citas y no pretendía diluirlas. Lo que quise decir es que tanto decir que "algo existe" (se da en el mundo) es superfluo si hablamos de ello como sujeto en una oración asertiva, es decir, no condicional, ni subjuntiva, ni futura, ni nada. Igual pasa con "A es A", que es perfectamente redundante en una lógica bivalente. si digo que "el perro come carne", se presupone que digo que el perro existe, por lo que no es necesario decir "el perro que existe come carne". Por lo mismo decir que "El perro es el perro" es una tautología sin sentido que no pierde ni gana por perpetuarse hasta el infinito: "el perro es el perro que es el perro que es el perro...". La oración de existencia no es similar al "ser" atributivo, pero son equivalentes para mi objeción.
Y sobre el parecido: estoy de acuerdo contigo, pero inferir de ello que ha de haber arquetipos de los que participen los objetos parecidos es una presunción fruto de las estructuras lingüísticas de sujeto y predicado, que nos hacen pensar en individuos pertenecientes a conjuntos definidos por propiedades. Lógicamente no es una tesis indecidible, como toda metafísica.