Siendo determinista como soy (aunque con matizacionees, como he estado explicado estos días), y maravillado como sigo por el poder de la ciencia, sí que entiendo al que lamente el reduccionismo en cierto sentido.
Dice Antonio Damasio que la fascinación de la experiencia estética no pierde sentido por saber que se debe tan sólo a mecanismos fisiológicos. Pero este conocimiento diluye las connotaciones del imaginario del experimentador, precisamente el imaginario que se construye alrededor de la experiencia estética y que forma parte de ella.
La neurología sencillamente puede robar la magia que le atribuimos al objeto. Quizás nos atribuya ahora a nosotros la magia, pero entonces las preguntas que desde siempre se han hecho y que han dado lugar al arte estaba mal formuladas. Lo que caracterizaba al arte más sublime era el hundimiento del hombre en el Misterio: si ese Misterio desaparece, el que quede en el hombre fisiológico no será lo bastante impulsor de preguntas para el arte, puesto que es un misterio limitado, acotable y condenado a desvelarse mediante un método ya descubierto. Lo que antaño fue tan sugerente como para ponerse a pensar en el Absoluto o en los Cielos, ahora resulta ser reflexivo, narcisista, circular.
Escuchar una cantata de Bach emociona probablemente aunque se esté uno fijando en los procesos psíquicos que gatillan las neuronas. Pero qué duda cabe de que la experiencia será mucho más intensa si uno se deja llevar por las connotaciones de la simbiosis entre texto y música y se piensa en la tragedia de un Dios crucificado que se pide clemencia a Sí mismo para con los mortales que lo humillan, lo torturan, lo matan y lo sepultan. Sencillamente el contenido es indistinguible de la forma.
Aun tras lo dicho sobre Bach, con la música absoluta sí queda cierto espacio para una serie de afectos abstractos (aunque se pierde la simbología extramusical), pero la poesía, que es referencialista, siempre que abordara los sentimientos debería guardar un verso para la autoreferencia si quiere ir al fondo de las cosas, pues el poeta ya sabría que a la postre todos sus enigmas se deben a "la disposición de sus órganos". Esto aseguraría un tedioso monotematismo.
Por supuesto que lo que digo es una exageración, pero algo de verdad hay. Una prueba, a mi entender, es la apatía metafísica progresiva del arte del s. XX, que no se debe sólo a los desvelamientos de la ciencia, está claro; también a los horrores de los acontecimientos históricos y a las comodidades anestésicas del mundo desarrollado.
Queda la esperanza de que el romanticismo surgió, precisamente, como respuesta al Siglo de la Razón... pero no asumiéndolo sino rechazándolo de plano.
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