Al hilo de lo que dije arriba se me presentan varias cuestiones relacionadas entre sí:
a) ¿Qué será preferible para un creyente? ¿Una blasfemia contra su dios asumiéndole existente o una educada demostración de su inexistencia? ¿Molesta más un satánico que despectivamente niega atributos a Dios o un gentil que asépticamente dice que toda la discusión carece de concordancia alguna con la realidad? De ser lo segundo, en Irlanda debieron penalizar la manifestación atea más que la blasfemia. ¡Y conste que no estoy dando ideas!
b) Puede haber mayor concordancia de valores morales entre un creyente y un ateo blasfemo que entre dos creyentes. Si admito al Dios bíblico pero únicamente lo cito en los pasajes en que muestra su ira terrible para contra los enemigos de Israel, ¿no estaré causando más estrés al cristiano bonachón que por su parte se entiende moralmente mejor con un ateo voluntario de una ONG? Para ese cristiano bonachón, ¿quién será más blasfemo?: ¿el fundamentalista que a sus ojos no entiende la esencia del mensaje del Señor o el que negando ontológicamente a Dios encarna mejor su mensaje moral y obra según sus directrices esenciales?
La respuesta a las dos cuestiones es: depende de en qué atributos divinos se ponga el acento. O sea: qué es prioritario para el creyente. En cualquier caso, a un Ser perfecto en todo es difícil matizarlo sin caer, a ojos de los dogmáticos de la perfección divina, en un error mayúsculo, en una blasfemia. Limitar el infinito a cualquier magnitud n supone negar la mayor parte de la atribución original y por tanto un descrédito inmerecido, una falsedad, una ofensa.
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