lunes, 13 de julio de 2009

Ontología y moral según Dios

ONTOLOGÍA

Dios es un enorme salto inductivo. La teología es una interpretación apresurada de un sistema axiomático poco sólido. De acuerdo. Pero para mí es extraño conocer ateos que rechazan al Dios abstracto del deísmo pero no rechazan sin embargo la lógica aristotélica ni la idea de que la física clásica es la única verdadera, siendo éstas igualmente inválidas. Porque si se pregunta a la gente de la calle, tenga las creencias que tenga, dirán todos sin demasiada reflexión que todo fenómeno ha de tener una causa, que todo tiene que tener un principio pero debía de haber algo antes del origen del cosmos, que hay cosas que no cambian, etc. Esto, en síntesis, es lo que defiende el deísta, que lo expondría de esta guisa:

1) Si todo tiene que tener una causa, entonces hay una causa primera. La llamo Dios.

2) Antes del origen del universo había algo porque el tiempo no tiene origen y un tiempo sin cosas no es tiempo (no hay tiempo sin espacio). A eso que había antes del universo lo llamo Dios.

3) El mundo de los fenómenos es puro devenir. Omnia fluunt. Pero para que podamos decir que todo cambia, debemos creer que al menos algo no cambia. No tiene sentido referirse a conjuntos de elementos, a una unidad de cosas, si no hay precisamente eso común que unifica. Que dos cosas se parezcan implica que tienen algo en común, platónicamente hablando. A esa sustancia unificadora inmutable la llamo Dios.

4) Se observa con frecuencia que, en condiciones similares, la persona bondadosa es más feliz que la mezquina y egoísta, siempre temiendo por preservarse y suspirando por medrar. Ese principio que tiende a corresponder al bien con bien, lo llamo Dios.

Es decir, es reducir la pretensión del argumento de San Anselmo denotando que Dios es una idea tal que toda mentalidad aristotélica porta implícita en su pensamiento sólo que puede no adornarla ni otorgarle especial importancia en su vida. Conste que dejo fuera el argumento teleológico por no considerarlo aristotélicamente evidente.

Las objeciones a estos cuatro principios podrán ser dos:

a) La lógica aristotélica y la física clásica están obsoleta en lo que a cosmología se refiere. Por ende, todos los razonamientos son falaces.

b) El llamar Dios a causas que pueden no ser las mismas es falaz. Creer a la incógnita de cada una de las ecuaciones citadas idéntica a las demás es eso, una creencia en absoluto demostrada.

No obstante, la inmensa mayoría de los ateos y agnósticos que reflexionan durante al menos dos minutos sobre el mundo piensan lo mismo que el deísta, sólo que donde éste dice Dios aquél dice Ley Física Universal, Cosmos… En palabras vulgares: el motor general de todo este tinglado que es la existencia, el conjunto de fuerzas o entidades que permiten la physis, la vida, la felicidad...

Éter, Chi, Tao, arjé, ápeiron, pleroma, Brahman, causa primera… Los nombres son muchos. Solamente cuando a esa entidad misteriosa se le asocia una personificación o una teleología moral hablamos de religión en el sentido clásico monoteísta. Y entonces todos los cientificistas, por sistema, se echan las manos a la cabeza indignados, si bien no se indignaron cuando Dios tenía otros nombres y cumplía funciones parecidas.

MORAL

Lo que más fastidia al ateísmo beligerante es, creo yo, el triunfo uniformador de una facción de creyentes. Es decir, ante una pluralidad infinita de supersticiones de lo más extravagante, el ateísta no grita tanto como cuando contempla ritos eclesiales televisados y seguidos por millones de devotos fieles ortodoxos. Temen que la creencia común les dé fuerza y les inspire arrogancia, por no hablar del poder puramente material que tiene toda mayoría. La adscripción de la Fuerza Misteriosa a una ética hipertrofiada y ad hoc es lo que ha generado fenómenos tales como guerras de religión, totalitarismos inquisitoriales, conversiones forzadas, etcétera. Aunque sospecho que en muchos casos el problema de la comparación se debe únicamente a la envidia, al rencor, al complejo del pequeño que busca reducir todo a su estatura, empezando por las instituciones. Es, curiosamente, la moral que Nietzsche atribuía al origen del cristianismo. ¿Quién si no un rencoroso acusa a su adversario de todos los vicios posibles, contradictorios entre sí?

Siendo benévolo, concederé que este ateísta tenga parte de razón (en su crítica objetiva, no en el rencor). En tal caso le diría: “es natural que enfoques tu atención principalmente sobre una religión (el cristianismo) que ha sido la predominante en Occidente desde siempre y que es la que más ha hecho sufrir a los antepasados espirituales de los científicos y progresistas actuales. No obstante, si el pensamiento racional se caracteriza por el desapasionamiento y la fría observación de los hechos, entonces se comprobará que el cristianismo no ofrece ya apenas un más que ínfimo residuo de todo lo que se le atribuye en términos morales. El problema ahora está si acaso en otra parte, en sectas postcristianas y en el Islam fundamentalmente”. Desde luego no es el catolicismo el gran enemigo de la libertad, la paz y la concordia hoy por hoy. No hay más que leer la última encíclica del Papa, insulsa pero bienintencionada (y hay quien añadiría que calculada).

Si lo que hablamos es de moral, de entrega al prójimo y de hechos más allá de las palabras, entonces sépase que es la Iglesia la institución que más contribuye a paliar y consolar al pobre y al enfermo a través de su clero y sus consagrados. Miles y miles de hombres y mujeres, misioneros y parroquianos, dedican su vida entera a ocuparse de los desheredados, los descastados y los despreciados. Y todo con un coste cero. Por mucho que hayan dolido las palabras del Papa sobre el preservativo y la homosexualidad, el homosexual con relaciones sexuales de riesgo ha de saber que, si se infecta de sida, será en una monja donde encuentre el más diligente y desprendido sostén de su convalecencia. La inversión y la tecnología son útiles, pero nada tiene tanto valor como una mano de obra carente de horario, de regulación y de sueldo y volcada afectivamente sobre su labor humanitaria. Obras son amores. Los hechos son los que son. Ante esto, poco se puede argumentar racional o emocionalmente.

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