El caso me parece especialmente interesante en cuanto al difícil equilibrio que ha de seguir la persona con criterio. Dudar es de sabios; hallar la verdad, de sabios superiores. La característica que tiene la verdad es que siempre puede ser negada. Y la mentira siempre podrá ser argumentada con más o menos fortuna. Pongamos el caso de la curación del cáncer a manos de la Nueva Medicina, un caso esperpéntico, caótico y polémico. Vayamos por pasos:
1) El médico austríaco Ryke Geer Hamer, físicamente idéntico al actor Bruno Ganz, justo tras la pérdida dramática de un hijo, desarrolla, a la vez que su mujer, un cáncer. Su mujer fallece, en tanto que él se hace extirpar el tumor. El incidente le lleva a investigar la posible estructura psicosomática de los procesos cancerosos y da con la cura: la Nueva Medicina Germánica.
2) El doctor Hamer ha sido inhabilitado en Alemania y encarcelado en Francia por prácticas fraudulentas o, al menos, no validadas. Como supongo que ningún país europeo está capacitado para encarcelar a un médico por terapias alternativas que no sean tóxicas o exclusivistas (sugestionando al enfermo de cáncer para que abandone la medicina ortodoxa), infiero que los tribunales consideraron uno de estos dos agravantes.
3) Que yo sepa, no ha habido estudios científicos publicados en torno a las teorías de Hamer.
4) La figura de Hamer no es, desde luego, tan impoluta como para dar confianza a la opinión pública. En primer lugar, la magnificencia de los méritos que se arroga es maýuscula: él solito ha encontrado en unos años las claves no ya de la cura del cáncer sino de una nueva era de la medicina, esplendorosa y prácticamente infalible. Algunas de sus afirmaciones acusan a los oncólogos de todo el mundo de asesinar con quimioterapia, radioterapia y morfina a los millones de enfermos de cáncer que lucharon cada día contra la enfermedad y perdieron. Aun más sorprendentes fueron sus acusaciones sobre la comunidad médica judía: nada menos que de holocausto. Para colmo, el rabino que firma el documento acreditativo no es un judío demostrado y sí que es, en cambio, negacionista. La cosa va de mal en peor, ¿verdad? El mismo nombre inicial para la ciencia en ciernes, “Nueva Medicina Germánica”, ya suelta un cierto tufillo filoimperial, por no mencionar la “Ley de Hierro del Cáncer”, que suena a decálogo de la Reichswehr. Empero, sus teorías, cierto que escasamente formales respecto del protocolo científico (falta de bibliografía, dobles ciegos, resultados comparados), deberían haber despertado la atención de decenas de grupos de investigación, dado que no ha sido difícil demostrar ciertos vínculos no despreciables entre psiquis y procesos tumorales.
El asunto, aunque de suficiente entidad, desgraciadamente, como para sostenerse por sí mismo, me sirve de excusa para una reflexión sobre los aparatos cognitivos y validadores propios de los organismos oficiales, sanitarios y no sanitarios. En primer lugar, si tan revolucionaria es una teoría pseudocientífica, si tan grande es su potencial de captación, ¿Por qué no se dedican a falsarla con todas las de la ley biólogos y médicos de todo el mundo? Si yo fuera oncólogo, me lanzaría de lleno a contrastar datos, a establecer dobles ciegos, a hacer de abogado del diablo. En primer lugar, buscaría en los escáneres cerebrales lo que el austríaco dio en llamar “foco de Hamer”, y que él asegura que es prueba irrefutable del vínculo ternario entre SDH, cortocircuito neuronal-hormonal y órgano sintomático. Que se demuestre la continuidad celular entre los centros de metástasis, cuya entidad niega Hamer (él habla de conflictos paralelos con un hipocentro focal en el cerebro). Por lo que yo sé, el alucinante viaje de una célula cancerosa por los conductos sanguíneos o linfáticos hacia el otro costado es sólo una hipótesis hoy día; ¿alguien la acompañó en ese seguimiento?
¿Tanto les cuesta a los médicos escépticos mostrar gráficamente la inexistencia o la naturaleza dispar del foco de Hamer? Por la otra parte, ¿tan poca sabiduría tienen los partidarios del creativo médico antirrabínico como para no lograr presentar ellos sus pruebas supuestamente irrefutables ante los círculos pertinentes?
El asunto es triste porque ambos bandos tienen razón en acusar al contrario de pasivo. Las terapias ortodoxas anticancerígenas no obtienen unas estadísticas tan positivas como para llenarse de orgullo y tumbarse en los laureles de los actuales protocolos; si las teorías de Hamer producen muertos, contabilícense. Es curioso que los muertos que han recibido quimioterapia no suelen protestar por negligencia médica, y se cuentan por unos cuantos millones. Hagan comparaciones de una vez, por Dios, sea en Tel Aviv o en Bollullos de la Mitación.
Que Hamer sea un místico en cierto ámbito ideológico –como los estudios de cine de apellido parecido– no implica que no haya dado con algunas piedras de toque en un problema capital de la humanidad contemporánea. Afirmar lo contrario es una falacia propia de malos escépticos. Ad hominem, concretamente. Por el contrario, afirmar sin pruebas datos contrastables que ha dado con la luz revelada es una irresponsabilidad pueril.
Reconozcamos que la medicina es una patraña en tanto que ciencia. Las variables sobre las que se abstiene de opinar son innumerables. Manejar estadísticas nunca puede dar resultados tan satisfactorios como manejar líneas causales personalizadas. Las excepciones, tara de toda ciencia, no parecen incidir en el decurso de las investigaciones médicas, cuando, en mi humilde opinión, las excepciones son los resortes que debieran abrir nuevas vías de investigación. Una terapia validada que falla sorpresivamente en un enfermo aparente predecible debería dar lugar a una investigación ad hoc. Lo mismo vale decir para lo opuesto, es decir, para los casos de remisión espontánea, un fenómeno aceptado por la mayoría de los médicos como maná del cielo pero al que no prestan la más mínima atención posteriormente.
A mí, personalmente, en tanto que materialista –por no matizar más–, no me cuesta pensar en la ligazón necesaria entre animus y síntoma. Tampoco debería costarle a los más empedernidos callachamanes (me encanta este neologismo improvisado), máxime si cuentan con su amada bibliografía en esta tendencia y con las opiniones de expertos reputados (Montagnier fue el descubridor del virus VIH). Si creemos que el hombre es una suma de células y energía eléctrica, a la par que la vastedad de su mente es igualmente comprobable, ¿por qué es tan difícil pensar en un continuum psicofísico aun virgen de investigaciones prometedoras? No creo que sea ni una genialidad mágica ni una metafóra las atribuciones que en Oriente se le concedió al poder de la mente sobre el cuerpo. Son fenómenos mensurables, después de todo, aunque tal vez no siempre con los estrechos procedimientos oficiales hoy por hoy. La plasticidad del cerebro nos sorprende día a día, por ende sus regulaciones y desregulaciones sobre los restantes órganos deben ser igualmente bastante inauditas.
El efecto placebo quizá deba dejar de considerarse una anomalía curiosa, una alternativa marginal, y pasar a ser una fuente de investigación infinita para todo un sistema sanitario (germánico o no). Quizá la meditación, fuente de paz espiritual más que testada, pueda ser también una fuente de paz orgánica, en virtud no de hermosos tankas o versos paradójicos –éstos sería simbolizaciones de un trasunto más impersonal–, sino de acuerdo a leyes naturales descifrables que no supondrían una negación del mecanicismo sino un redimensionar sus fronteras. Es curioso que los llamados zetéticos (adjetivo que yo también me atribuyo con un matiz distinto) ofrezcan dinero a quien demuestre poderes paranormales, cuando si de verdad existe alguien con un potencial tal deberá ser buscado con otros alicientes. Empiecen por viajar a Nepal con equipos de montaña, queridos dentólogos.
En todo caso, siempre nos quedará la vitamina C… o no, porque hasta que se decidan a pincharla morirán unas cuantas generaciones de enfermos de cáncer.
Me fui por las ramas como no puede ser de otro modo. Me ha sorprendido descubrir la teoría del doctor Hamer, más que nada porque tiene el mérito de presentar un modelo sobre la concatenación de eventos que conducen al cáncer. Desde luego, deja ciertos parámetros en suspenso, como la predisposición genética o los agentes radiológicos y químicos en la formación de tumores. Tampoco es fácil entender cómo un bebé, que no ha tenido tiempo de sufrir un SDH, puede desarrollar tales formaciones malignos. Si un oncólogo me está leyendo y es capaz de explicarme con más detalle el proceso causal completo del cáncer, le escucharé y le creeré.
NOTA: Los tres míticos programas de Preguntas y respuestas (1, 2 y 3) con y sobre la Nueva Medicina. El más interesante a nivel filosófico es, desde luego, el tercero, aunque lamentablemente sólo pusieran como contraparte a los corporativistas a una dulce pero inexperta licenciada en Derecho Canónico. Por cierto que da mucha tristeza ver a la periodista Ana Pena defender con alegría la doctrina de Hamer sabiendo ahora que falleció a los pocos años; nunca sabremos si habría tenido destino diferente de haber optado por la terapia convencional.