domingo 3 de enero de 2010

Lesiones tontas, terapias aun más tontas

Sé, en primera persona, de otro hiato entre medicina y salud de fácil pero alternativo hallazgo. Siendo un caso menos dramático que el que sugerí como posible el otro día, es mucho más palmario en su calidad de indignante.

Sufrí hace algún tiempo una lesión en un brazo que se manifestó en una tendinitis. Pese a que diversos médicos me atiborraron de antiinflamatorios y me recomendaron reposo (no hicieron otra cosa), la cosa se cronificó. Sucedió precisamente por el reposo excesivo, de tal forma que cualquier acción muscular suponía un sobreesfuerzo que alargaba la tendinitis. Desesperado, acudí a una clínica de fisioterapia: sólo por obligarme a fortalecer la musculatura ya me sirvió de algo, pero el dolor persistía.

Fue cuando un fisioterapeuta distinto cuando sané, al aplicarme el Masaje Transverso Profundo, más conocido como masaje Cyriax, en honor del médico y ortopeda que lo inventó. La técnica en cuestión no parecía de una complejidad técnica extrema, pero requiere de fuerza por parte del fisioterapeuta y muy pocos están dispuestos a realizarlo sistemáticamente: es más cómodo y barato enchufar los ultrasonidos, que para nada sirven a la luz de mi experiencia.

Mientras curaba de mi sesión (a la segunda sesión ya estaba funcional) lo mencioné a un traumatólogo en una de mis visitas: no conocía tal terapia. Me habían recomendado infiltraciones antes de recomendarme una terapia quiropráctica del todo natural y de resultados positivos comprobados científicamente desde hacía décadas. Mi sorpresa dejó paso a la comprensión: por eso hay tantas y tantas tendinitis, cervicalgias o contracturas crónicas; porque los fisioterapeutas se lucran con largas terapias inútiles a la par que los médicos se lavan las manos y desatienden a quien puede vivir con mayor o menor fortuna.

Más adelante, al recibir por casualidad un fuerte masaje tailandés, comprobé que el Cyriax ya era de algún modo puesto en práctica por los masajistas de una tradición acientífica y milenaria. Entonces mi indignación no pudo ser ya mayor: nada había nuevo bajo el sol, pero bajo la esplendorosa luz de la medicina oficial no se exponía nada decente en aplicación de mi problema, un problema que se me había hecho enorme y que era en el fondo muy poca cosa.

Algunas verdades me han quedado bien grabadas: no existe mejor ni más barato antiinflamatorio que el hielo, no existe mejor prevención de lesiones que músculos elásticos y fuertes, no existe mejor terapia activa que el Cyriax y similares. Ninguna de estas verdades me ha sido dada por un doctor, sino por diplomados o por tailandeses sin estudios. Sólo los deportistas parecen tener acceso gratuito inmediato a estos datos, pues cuando se trata de estar en un campo de fútbol, ¿a qué terapias creen que recurren? ¿Qué son la medicina y la fisioterapia deportiva sino atajos para viajes que el ciudadano de a pie hace en más tiempo y con peores medios?

Y yo me pregunto: si en algo tan sencillo y cotidiano como una inflamación músculo-tendinosa se producía esta lamentable aberración, ¿no sería desgarrador que hubiera situaciones paralelas en otras patologías más graves? ¿No estaremos ciegos ante multitud de terapias eficaces pero enmudecidas por el severo rigor de una medicina achacosa? ¿No estará el Estado derrochando dinero y los pacientes sufriendo innecesariamente por culpa de la ignorancia y del corporativismo?

No quiero demonizar a la ilustre carrera. Hay multitud de obstáculos patológicos que sólo desde la ciencia occidental han hallado solución, y citaría tantos ejemplos que aburriría. La cuestión es si es perfecta y si puede complementarse con otras vías baratas y fácilmente comprobables aunque no hayan nacido en laboratorios ni en camillas de hospital.

martes 29 de diciembre de 2009

Del cáncer psicosomático y de conspiraciones sionistas

El caso me parece especialmente interesante en cuanto al difícil equilibrio que ha de seguir la persona con criterio. Dudar es de sabios; hallar la verdad, de sabios superiores. La característica que tiene la verdad es que siempre puede ser negada. Y la mentira siempre podrá ser argumentada con más o menos fortuna. Pongamos el caso de la curación del cáncer a manos de la Nueva Medicina, un caso esperpéntico, caótico y polémico. Vayamos por pasos:

1) El médico austríaco Ryke Geer Hamer, físicamente idéntico al actor Bruno Ganz, justo tras la pérdida dramática de un hijo, desarrolla, a la vez que su mujer, un cáncer. Su mujer fallece, en tanto que él se hace extirpar el tumor. El incidente le lleva a investigar la posible estructura psicosomática de los procesos cancerosos y da con la cura: la Nueva Medicina Germánica.

2) El doctor Hamer ha sido inhabilitado en Alemania y encarcelado en Francia por prácticas fraudulentas o, al menos, no validadas. Como supongo que ningún país europeo está capacitado para encarcelar a un médico por terapias alternativas que no sean tóxicas o exclusivistas (sugestionando al enfermo de cáncer para que abandone la medicina ortodoxa), infiero que los tribunales consideraron uno de estos dos agravantes.

3) Que yo sepa, no ha habido estudios científicos publicados en torno a las teorías de Hamer.

4) La figura de Hamer no es, desde luego, tan impoluta como para dar confianza a la opinión pública. En primer lugar, la magnificencia de los méritos que se arroga es maýuscula: él solito ha encontrado en unos años las claves no ya de la cura del cáncer sino de una nueva era de la medicina, esplendorosa y prácticamente infalible. Algunas de sus afirmaciones acusan a los oncólogos de todo el mundo de asesinar con quimioterapia, radioterapia y morfina a los millones de enfermos de cáncer que lucharon cada día contra la enfermedad y perdieron. Aun más sorprendentes fueron sus acusaciones sobre la comunidad médica judía: nada menos que de holocausto. Para colmo, el rabino que firma el documento acreditativo no es un judío demostrado y sí que es, en cambio, negacionista. La cosa va de mal en peor, ¿verdad? El mismo nombre inicial para la ciencia en ciernes, “Nueva Medicina Germánica”, ya suelta un cierto tufillo filoimperial, por no mencionar la “Ley de Hierro del Cáncer”, que suena a decálogo de la Reichswehr. Empero, sus teorías, cierto que escasamente formales respecto del protocolo científico (falta de bibliografía, dobles ciegos, resultados comparados), deberían haber despertado la atención de decenas de grupos de investigación, dado que no ha sido difícil demostrar ciertos vínculos no despreciables entre psiquis y procesos tumorales.

El asunto, aunque de suficiente entidad, desgraciadamente, como para sostenerse por sí mismo, me sirve de excusa para una reflexión sobre los aparatos cognitivos y validadores propios de los organismos oficiales, sanitarios y no sanitarios. En primer lugar, si tan revolucionaria es una teoría pseudocientífica, si tan grande es su potencial de captación, ¿Por qué no se dedican a falsarla con todas las de la ley biólogos y médicos de todo el mundo? Si yo fuera oncólogo, me lanzaría de lleno a contrastar datos, a establecer dobles ciegos, a hacer de abogado del diablo. En primer lugar, buscaría en los escáneres cerebrales lo que el austríaco dio en llamar “foco de Hamer”, y que él asegura que es prueba irrefutable del vínculo ternario entre SDH, cortocircuito neuronal-hormonal y órgano sintomático. Que se demuestre la continuidad celular entre los centros de metástasis, cuya entidad niega Hamer (él habla de conflictos paralelos con un hipocentro focal en el cerebro). Por lo que yo sé, el alucinante viaje de una célula cancerosa por los conductos sanguíneos o linfáticos hacia el otro costado es sólo una hipótesis hoy día; ¿alguien la acompañó en ese seguimiento?

¿Tanto les cuesta a los médicos escépticos mostrar gráficamente la inexistencia o la naturaleza dispar del foco de Hamer? Por la otra parte, ¿tan poca sabiduría tienen los partidarios del creativo médico antirrabínico como para no lograr presentar ellos sus pruebas supuestamente irrefutables ante los círculos pertinentes?

El asunto es triste porque ambos bandos tienen razón en acusar al contrario de pasivo. Las terapias ortodoxas anticancerígenas no obtienen unas estadísticas tan positivas como para llenarse de orgullo y tumbarse en los laureles de los actuales protocolos; si las teorías de Hamer producen muertos, contabilícense. Es curioso que los muertos que han recibido quimioterapia no suelen protestar por negligencia médica, y se cuentan por unos cuantos millones. Hagan comparaciones de una vez, por Dios, sea en Tel Aviv o en Bollullos de la Mitación.

Que Hamer sea un místico en cierto ámbito ideológico –como los estudios de cine de apellido parecido– no implica que no haya dado con algunas piedras de toque en un problema capital de la humanidad contemporánea. Afirmar lo contrario es una falacia propia de malos escépticos. Ad hominem, concretamente. Por el contrario, afirmar sin pruebas datos contrastables que ha dado con la luz revelada es una irresponsabilidad pueril.

Reconozcamos que la medicina es una patraña en tanto que ciencia. Las variables sobre las que se abstiene de opinar son innumerables. Manejar estadísticas nunca puede dar resultados tan satisfactorios como manejar líneas causales personalizadas. Las excepciones, tara de toda ciencia, no parecen incidir en el decurso de las investigaciones médicas, cuando, en mi humilde opinión, las excepciones son los resortes que debieran abrir nuevas vías de investigación. Una terapia validada que falla sorpresivamente en un enfermo aparente predecible debería dar lugar a una investigación ad hoc. Lo mismo vale decir para lo opuesto, es decir, para los casos de remisión espontánea, un fenómeno aceptado por la mayoría de los médicos como maná del cielo pero al que no prestan la más mínima atención posteriormente.

A mí, personalmente, en tanto que materialista –por no matizar más–, no me cuesta pensar en la ligazón necesaria entre animus y síntoma. Tampoco debería costarle a los más empedernidos callachamanes (me encanta este neologismo improvisado), máxime si cuentan con su amada bibliografía en esta tendencia y con las opiniones de expertos reputados (Montagnier fue el descubridor del virus VIH). Si creemos que el hombre es una suma de células y energía eléctrica, a la par que la vastedad de su mente es igualmente comprobable, ¿por qué es tan difícil pensar en un continuum psicofísico aun virgen de investigaciones prometedoras? No creo que sea ni una genialidad mágica ni una metafóra las atribuciones que en Oriente se le concedió al poder de la mente sobre el cuerpo. Son fenómenos mensurables, después de todo, aunque tal vez no siempre con los estrechos procedimientos oficiales hoy por hoy. La plasticidad del cerebro nos sorprende día a día, por ende sus regulaciones y desregulaciones sobre los restantes órganos deben ser igualmente bastante inauditas.

El efecto placebo quizá deba dejar de considerarse una anomalía curiosa, una alternativa marginal, y pasar a ser una fuente de investigación infinita para todo un sistema sanitario (germánico o no). Quizá la meditación, fuente de paz espiritual más que testada, pueda ser también una fuente de paz orgánica, en virtud no de hermosos tankas o versos paradójicos –éstos sería simbolizaciones de un trasunto más impersonal–, sino de acuerdo a leyes naturales descifrables que no supondrían una negación del mecanicismo sino un redimensionar sus fronteras. Es curioso que los llamados zetéticos (adjetivo que yo también me atribuyo con un matiz distinto) ofrezcan dinero a quien demuestre poderes paranormales, cuando si de verdad existe alguien con un potencial tal deberá ser buscado con otros alicientes. Empiecen por viajar a Nepal con equipos de montaña, queridos dentólogos.

En todo caso, siempre nos quedará la vitamina C… o no, porque hasta que se decidan a pincharla morirán unas cuantas generaciones de enfermos de cáncer.

Me fui por las ramas como no puede ser de otro modo. Me ha sorprendido descubrir la teoría del doctor Hamer, más que nada porque tiene el mérito de presentar un modelo sobre la concatenación de eventos que conducen al cáncer. Desde luego, deja ciertos parámetros en suspenso, como la predisposición genética o los agentes radiológicos y químicos en la formación de tumores. Tampoco es fácil entender cómo un bebé, que no ha tenido tiempo de sufrir un SDH, puede desarrollar tales formaciones malignos. Si un oncólogo me está leyendo y es capaz de explicarme con más detalle el proceso causal completo del cáncer, le escucharé y le creeré.

NOTA: Los tres míticos programas de Preguntas y respuestas (1, 2 y 3) con y sobre la Nueva Medicina. El más interesante a nivel filosófico es, desde luego, el tercero, aunque lamentablemente sólo pusieran como contraparte a los corporativistas a una dulce pero inexperta licenciada en Derecho Canónico. Por cierto que da mucha tristeza ver a la periodista Ana Pena defender con alegría la doctrina de Hamer sabiendo ahora que falleció a los pocos años; nunca sabremos si habría tenido destino diferente de haber optado por la terapia convencional.

martes 8 de septiembre de 2009

El animal simbólico

El hombre es un animal simbólico. Todo lo que posee lo ha logrado cifrando lo variado y lo complejo en términos manejables. Aceptando esto, todo razonar es esquematizar. Sin el símbolo, la realidad nos mataría antes de empezar a entenderla. El religioso es el símbolo por excelencia, por aquello de que se presta a confusión: jamás la metáforas causaron tanto bien ni tanto mal como cuando se tomaron literalmente al pie de un altar. En relación a esto, oigamos nada menos que a Max Planck en su conferencia Religión y ciencia:

Pero la sobrevaloración del significado de los símbolos religiosos puede abrir la puerta a otro peligro mucho más serio, que proviene del movimiento ateo. Uno de los medios preferidos de este movimiento orientado a socavar los cimientos de la verdadera religiosidad consiste en dirigir sus ataques contra costumbres y usos religiosos establecidos desde antiguo burlándose de ellos o despreciándolos como prácticas pasadas de moda. Con tales ataques contra los símbolos cren alcanzar a la propia religisón, y cuanto más peculiares y llamativas son las concepciones y costumbres que eligen, más fácil les resulta tener éxito. Algunas almas religiosas han sucumbido ya a estas tácticas.

Contra semejante peligro no hay mejor defensa que tener claro que, por muy venerable que sea, un símbolo religiosos nunca posee un valor absoluto, sino que se trata siempre de un signo más o menos imperfecto que señala algo superior a lo que no se puede acceder directamente por medio de los sentidos.

Siendo así las cosas, resulta perfectamente comprensible que a lo largo de la historia de la religión haya aparecido repetidamente la propuesta de restringir de antemano -o incluso de eliminar por completo- el uso de símbolos religiosos y de tratar a la religión como si fuera ante todo asunto de la razón abstracta. Basta, sin embargo, una breve reflexión para poner de manifiesto que semejante idea está totalmente desencaminada. Sin símbolos, los seres humanos no podrían entenderse entre sí, no podría ni siquiera comunicarse. Esto vale no sólo para la religión, sino también para toda relación humana.

El hombre, para manejarse por el mundo, necesita darle forma a lo que comprende, cuánto más a lo que no comprende. Sólo localizando el Misterio en el mapa y atribuyéndole lo imprescindible para permitir la vida saldrá ciertamente la vida adelante.

No me cuesta creer en a) dioses bondadosos o vengativos, b) Paraísos de los que se cae por probar el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal, c) muertos que nos animan a actuar de determinada manera; o d) criaturas invisibles la mayor parte del tiempo que se dedican a trastocar el curso natural de los acontecimientos. ¿Y por qué esta credulidad por mi parte? Por la misma razón por la que no me cuesta pensar al símbolo "2", claramente singular, como trasunto de una pareja.

Son aquéllas formas poéticas de decir que a) mi actuación bondadosa puede ser recompensada y mi maldad castigada por el mundo, dentro del cual se encuentra mi propia alma, b) al pensar objetivamente podemos perder las virtudes inconscientes que guardamos junto a la inocencia, c) el recuerdo de los hombres del pasado influyen en nuestra ideología, nuestra conducta, nuestra personalidad, en suma; y d) siempre hay alteraciones azarosas de nuestras previsiones.

Es algo similar a la literatura: vemos en los personajes de las novelas extrapolaciones de la vida real. ¿Puede acusarse a Don Quijote de ficticio? Sí, mas yo, sin embargo, me he encontrado con algunos pocos quijotes a lo largo de mi vida. ¿Y es ficticio el combate de Jacob contra Dios? Pero yo he visto a casi todo el mundo realizar ese mismo combate en algún momento de la vida. ¿Es ficticio Dios? Humildemente un servidor ha creído percibir el lado profundamente misterioso del Universo, ese lado que nunca una mente humana podría comprender racionalmente porque le excede en todas las dimensiones. Y hemos percibido todos la sensación de euforia y plenitud que se produce ante un evento grandioso, hermoso, cósmico, unificador, ante una sinfonía o en un viaje de LSD, o simplemente tras una actuación compasiva o en un éxtasis orgásmico.


A esos fenómenos, cotidianos como el pan, se les ha puesto detrás, en algunas culturas, un rostro sin rostro, una causa común para efectos que quizá nada tienen que ver entre sí salvo que son deseables o lógicamente irresolubles. Dios es la única metáfora que puede captar la pluralidad de todo aquello que, siendo real mas perecedero, deseáramos infinito. De este modo me defino como un ateo creyente.

lunes 7 de septiembre de 2009

Vindicación de la religión natural

Como es fácil hacer juicio de intenciones, lo aclararé de nuevo: no creo en Dios, no tengo datos que me animen siquiera a intuir que exista una inteligencia superior, ni omnisciente ni parcial, ni personal ni panpsiquista, por encima del Universo o en cada uno de los huecos que puedan dejar los electrones entre sí. Pero esto no implica que crea en la increencia como actividad sensata o útil. Es más comprensible Yahveh que la tetera de Russell.

Doy mi propio paso en la oscuridad: intuyo que no hay Dios, pero sé que esta creencia se debe a un cableado neural con causas psicológicas y fisiológicas. Además, intuyo, siempre lo he intuido, que en nosotros los ateos habita algo desviado, impropio, desfasado respecto del resto de la naturaleza culturizada que invade nuestro ser. Tenemos prejuicios éticos y cosmológicos al igual que el musulmán, sólo que son otros. Y quien no los tenga es porque ni siquiera piensa en asuntos de ese calibre; en ese sentido el mármol es el ateo perfecto.

En la medida en que pensamos, parcheamos incógnitas con nuestras propias constantes, las reconozcamos conscientemente o no. No hay otra forma de poner rostro al cosmos. Se puede ser más ideológico y sistemático, o, por el contrario, más improvisado. Hay ejemplos de ambas tendencias en la fe y en el descreimiento. Por eso me fastidia la habitual ecuación que con visos de necesidad se establece entre espiritualidad e ignorancia. La fe es ignorancia del mundo (ella misma reconoce el Misterio que hay detrás de cada cosa), pero es sabiduría inconsciente en torno a las necesidades psíquicas de la propia mente, lo cual es mucho más útil que el conocimiento de mundo. Pascal lo expresó de modo parecido: "La ciencia de las cosas exteriores no me consolará de la ignorancia de la moral en tiempos de aflicción, mas la ciencia de las costumbres me consolará siempre de las ciencias exteriores". La ciencia es conocimiento parcial del mundo y nada dice sobre equilibrar la intrincada sinergia entre razón y emotividad dentro del propio sujeto; nada tiene de raro dado que la ciencia no habla jamás del sujeto, por lo que con toda humildad reconoce su incompletud antes de empezar.

Lo peor de todo, obviamente, es el negacionismo que no se apoya en la búsqueda parcial y rigurosa de verdad (mejor diríamos la prevención de la falsedad) sino en la aversión instintiva de ciertas manifestaciones psicológicas vinculadas a lo indemostrable. Me estoy refiriendo al que ni tiene fe ni tiene rigor, al que se envanece de ser libre de un yugo pero es apresado por uno mucho mayor, puesto que ni siquiera deja abierta la puerta a la serenidad del pensamiento que labraron y pulieron cientos de generaciones humanas. El marxismo que triunfó en el siglo XX me parece el ejemplo perfecto: credo sin eficacia, ritual sin belleza, simplificación más problemática que niveladora, disfraz de cientifismo sobre un prurito irracional, etcétera.

Creo que las dimensiones espirituales que llevaron nombres de dioses, ángeles, edenes o espectros han sido las ideaciones humanas más rentables de cuantas ha habido. Sin ellas, ni el arte habría sido tan esplendoroso, ni los hombres se hubieran sacrificado alegremente cuando fue necesario, ni los tullidos habrían encontrado una celda confortable en los monasterios para dar sentido a su sufrimiento. Fue algo incuestionable durante mucho tiempo. Para muchos de los modernos (ya para algunos contemporáneos de Pericles) se ha evidenciado el armazón poético en cuanto tal y el efecto sugestionador ha perdido todo su fuelle como elemento cohesionador de la ideología. Se necesita una nueva aproximación al Misterio, más acorde a las evidencias actuales pero con la fuerza y la proyección que tenían las religiones reveladas. Algo así como una religión natural, propia de tiempos en los que reconocemos el darvinismo o la física cuántica junto a los mismos problemas existenciales y las mismas dudas afectivas que asolaban a los antiguos.

Acaso la mejor solucion siga siendo la que dieron los orientales antes incluso de que se "revelaran" las grandes religiones. Pienso en el taoísmo y en el budismo primitivo fundamentalmente. De hecho, la obsesión budista por la erradicación del sufrimiento (dukkha) fue una respuesta a una época de crisis espiritual (s. V a. C.) en la que se prodigó multitud de religiones y filosofías que hizo cundir el desconcierto y el fatalismo.

Tengo claro que, en términos generales, la serotonina y la dopamina se distribuyen mejor en cerebros con una determinada configuración espiritualista (no cualquiera, ciertamente) suscitando más cantidad objetiva de felicidad, creatividad y bondad que en cerebros "cósmicamente" desarraigados. "Debido a la naturaleza hedónica del sistema de expectativa de recompensa, regulada por la vía mesocortical del sistema dopaminérgico y las áreas prefrontales que inerva, tenemos una fuerte susceptibilidad emocional de recompensa ante la incertidumbre y así una automática propensión a las inferencias predictivas/explicativas. En otras palabras, es satisfactorio ‘ver’ patrones en el mundo que nos rodea, es placentero generar inferencias sobre él". Nada que no imagináramos ya con palabras más prosaicas. El reverso de esto es la elección por parte de Adán y Eva del Árbol del Conocimiento como causa de la caída del Paraíso, alegoría cuya moraleja es: más nos valdría una creencia coherente que una pulgada bien discernida pero desligada de todo lo que importa.

No creo en Dios, pero creo, sin dudar, en diversas formas de religión. Necesitamos reequilibrarnos individual y colectivamente: si el mundo se dirige hacia una saturación ecológico-malthusiano-depresiva (ésa es mi visión) es en buena parte debido a la falta de una figuración amable del equilibrio vital que como mamíferos inteligentes necesitamos. Nuestra ansiedad, ya casi congénita, probablemente se atenuaría con la ayuda de la introspección comunitaria y de los motetes de Palestrina, si creyéramos en ellos.

domingo 16 de agosto de 2009

Compatibilidad entre ciencia y religión

Religión y ciencia son compatibles siempre y cuando cada una guarde silencio sobre los presupuestos de la otra. Un saber científico puede no implicar una cosmovisión; un religioso puede sentirse indiferente a los datos parciales que sobre diferentes cuadrantes del mundo aporta la ciencia. El darwinismo en sí mismo no refuta la existencia de una deidad que pusiera en marcha un mecanismo tal y como un informático programa una computadora; acaso sí anula el creacionismo bíblico o lo reduce a una alegoría, que es lo que ha sido para muchos religiosos desde siempre. El dogma de la Santa Trinidad no implica que la materia no siga, hasta donde se ha visto, las leyes descritas por las ciencias; sencillamente postula -vagamente- la existencia de entes de otra clase, incorpóreos y extrasensoriales.

El conocimiento científico aborda un campo del mundo que puede agotar la totalidad de la realidad o puede no hacerlo. Los problemas que escapan a la mensurabilidad o a la evidencia son indecidibles. El símil de Russell sobre la tetera orbitando en el espacio no prueba nada salvo que ciertamente puede haber una tetera orbitando en el espacio, y la aseveración o la negación de esa posibilidad se decide en la medida en que podamos captar el recorrido de esa órbita y comprobar que no hay allí vajilla alguna.

Los milagros cuestionan a una cierta cosmovisión porque se definen como milagros precisamente respecto de una cierta cosmovisión en la medida en que la cuestionan. Para el científico lo singular únicamente es un perfil no computado de la realidad: deberá investigarse más para reducirse a proposiciones biológicas, químicas o físicas. Si la singularidad no se repite no puede haber teoría completa, puesto que no puede atenderse cada parte del fenómeno por separado. Si se repite el número suficiente de veces y la capacidad tecnológica y neuronal del hombre lo permite, será vencida. El religioso afirma que esa segunda premisa es falsa: ni la mente ni la tecnología llegarán al punto de permitir, desde la finitud, captar las reglas de lo infinito. Pero fijémonos que el científico que imaginé solamente lo pensó en condicional. Es decir, que puede darse el caso del científico que conciba una realidad tal que no podrá ser naturalizada. Einstein es un caso famoso, y sus adversarios –sólo en apariencia– los adalides de la física cuántica lo son igualmente.

El paso de especular sobre esa porción –acaso infinita- de realidad incognoscible es un paso informal, intuitivo, un salto en la oscuridad que puede dar cualquier ser humano en su tiempo libre. Si la ciencia conquista un terreno sobre el que se construyeron castillos metafísicos, el hombre riguroso reconocerá su error y se corregirá, reduciendo la extensión de su imaginación. Pero mientras exista esa asíntota, cabrá pensar como se quiera sobre aquello que no se puede comprobar. Unos serán más ambiciosos y querrán sellar estética y prontamente la cuestión con el comodín divino; otros, más prudentes, se conformarán con menos constantes ad hoc. Pero todos los seres humanos jugamos con ficciones para manejarnos intelectualmente por el mundo. No es necesario, por ende, desterrar la fe del científico, más bien lo que ha de hacer éste es poner todas sus creencias y emociones entre paréntesis en el momento en que entre en el laboratorio, exactamente como hace el futbolista cuando sale al campo a jugar. Exceptuando, por supuesto, aquellas creencias que le impulsan en su afán y en su metodología. Lo que sucede es que las variables son demasiadas como para cribarlas, por lo que, pensándolo mejor, da igual cómo entre al laboratorio: lo importante es lo que saque de él y que esto que saque sea demostrable a la luz de un sistema y del consenso de una comunidad.

Hay modelos científicos o cuasi-científicos sobre la naturaleza biológica del hecho religioso que resultan bastante verosímiles. También está la afirmación cuasi-mística del solipsismo y del nihilismo metafísico: Dios –el Genio Maligno– nos ha querido confundir dotándonos de un raciocinio que nos hace especular en teorías que consideramos lógicas pero que sólo lo son a la luz de nuestro propio raciocinio atrapado en una fenomenología local, temporal, tridimensional, finita y trufada de injerencias emocionales. Por la navaja de Occam no sé cuál postura sería más verosímil. Ambas son simples y de fondo común: la idea de la trascendencia es una ilusión adaptativa o la idea de que podemos explicar las cosas es una ilusión adaptativa. Pero para verlo desde el punto de vista reconciliador valgan estas palabras de Max Planck:

Como hemos visto, entre ellas [ciencia y religión] no hay ni mucho menos contradicción, sino que más bien coinciden en afirmar, primero, que existe un orden racional del mundo independiente del ser humano y, segundo, que la esencia de ese orden cósmico nunca puede ser conocida de forma directa, sino sólo indirectamente percibida, o lo que vendría a ser lo mismo, presentida.

jueves 13 de agosto de 2009

Diagrama-resumen (semántica)

Releyendo los lemas puede haber quedado algo confuso, de suerte que incluyo este diagrama ampliable:


Olvidé citar un concepto importantísimo: comunicación. La defino como el traspaso de información entre dos seres intencionales. Es la transmisión de significado cuando es consciente de ello por parte del emisor así como del receptor. Si el emisor expresa pero no hay un receptor, entonces hay un sujeto que comunica pero no se establece la comunicación, puesto que el significado no llega al término intencionado. La comunicación puede ser no verbal e incluso no simbólica: el intercambio de feromonas en los insectos puede ser un buen ejemplo. Como casos de información no significativa estarían la información cromosómica, la que al parecer comporta el espín del electrón o los bits que se transmiten automáticamente las computadoras internamente.

Por último, cuando hablamos de emisor y receptor a lo largo de las definiciones, no se excluye que ambos puedan ser idénticos, o sea, que alguien elabore un mensaje y que lo reciba él mismo. Para decirlo de un modo oportuno, emisor y receptor significarían cosas dispares pero denotarían el mismo objeto en este hipotético caso.

Nociones de semántica

Daré unas definiciones destiladas entre mi percepción de las convenciones y un espíritu analítico reacio a la sinonimia:

Información: es el conjunto de estímulos que un objeto ofrece a las conciencias o a los resortes que lo capten. Transmitida entre entes inertes o no inteligentes (máquinas, partículas subatómicas, plantas…) se limita a una relación de automatismos no intencionales. Dirigido a seres cognoscentes produce, además, significados.

Denotación: es la información cifrada en un símbolo, es decir, la señalización que un símbolo hace de otro objeto.

Significado: es una estructura de denotación intencional, que puede ser compleja. Según Frege, dos unidades lingüística con dos significados (/el lucero de la mañana/ y /el lucero de la tarde/) pueden denotar el mismo objeto (Venus). A mi modo de ver, un significado no puede ser casual: que el animal bostece no significa que tenga sueño, aunque sí informa de que tiene sueño, porque el gesto del bostezo no es simbólico. En cambio, una oración formulada mecánicamente por un ordenador tiene significado en tanto que responde a unas reglas de simbolización programadas por una mente semántica. Lo mismo sucedería con los textos escritos por un sonámbulo; el substrato de su acción está en unas asignaciones semánticas, sean conscientes o no en el momento de la simbolización. En última instancia, si encuentro un signo accidental y no intencional que aparenta ser símbolo, será significativo o no lo será dependiendo de si el perceptor le asigna un significado, es decir, si lo toma por símbolo. Por último, las cadenas de símbolos pueden dar significados abstractos no denotables: 'El monje ama la paz', además de tener diversos sentidos, no es una expresión que apunte a ningún objeto, sino a la terna o tripla ordenada (/el monje/, /amar/, /la paz/) que expresa una relación, un proceso dinámico.

Referencia: Podría tomarse por la función denotación con recorrido empírico. O a la inversa, siendo el referir cualquier acto de señalar un objeto y siendo la denotación el caso particular en la que ese objeto existe en tanto que objeto. Es decir, que no sería posible denotar un engendro entre el hombre y el caballo con el símbolo /centauro/, aunque sí referirlo y, por supuesto, significarlo.

Connotación: Significado adyacente a los que explicita el código. Por ejemplo: si en un lenguaje matemático riguroso llamamos ‘trascendente’ a un número de determinado tipo, no podremos evitar la connotación en ciertas conciencias por los significados y contextos que han ido asociados a esa raíz léxica en la historia de la cultura judeocristiana, aunque el lenguaje matemático no diga nada a este respecto. La connotación puede ser intencionada por parte del emisor o puede no serlo, y puede estar presente en algunos receptores y no en otros. Hablamos intuitivamente de ‘connotación’ cuando la significación no es unívoca ni explícita, sino que propende a la ambigüedad y a la duda en la asignación semántica que pretende el receptor y que no genera consenso entre la comunidad de receptores. Pertenece al último tipo de significado antes listado: es significado si alguien pretendió significarlo o si alguien lo interpretó como significado.

Sentido: Cada uno de los significados de una unidad expresiva, incluidos las acepciones polisémicas, la ambigüedad sintáctica y a las connotaciones. /La guerra es la guerra/ tiene varios sentidos, dependiendo del contexto, del código y del receptor.

***

¿Qué es significar? Se trata de una pregunta sumamente compleja a mi modo de ver, porque cualquier tipo de respuesta se basaría en la asunción intuitiva del significar. Sería como preguntar: ¿qué significa /significar/? De algún modo, definir ‘significar’ implica siempre cierta autorreferencia. Pero creo que con las definiciones anteriores dejé informalmente clara mi concepción.